Kenia: La conservación del medio ambiente y los derechos de los pueblos indígenas – una partida con vencedores y vencidos

En su preámbulo, la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas establece que “[…] el respeto de los conocimientos, las culturas y las prácticas tradicionales indígenas contribuye al desarrollo sostenible y equitativo y a la ordenación adecuada del medio ambiente”. Pese a esta contundente norma internacional de derechos humanos y al liderazgo y compromiso global demostrado por pueblos indígenas de todo el mundo, algunas comunidades indígenas de algunas partes del mundo continúan viendo negados sus derechos en nombre de la conservación del medio ambiente. Esta paradoja preocupante reside en el centro mismo de la controversia sobre el bosque de Embobut (Kenia), del que el pueblo indígena sengwer lleva siendo desalojado desde la década de 1980.

Este proceso alcanzó su apogeo en enero de 2014, cuando tras una serie de consultas a residentes del bosque se llevaron a cabo desalojos masivos en un intento por expulsar de él a todos los residentes indígenas que quedaban. Se calcula que las autoridades kenianas arrasaron unas 800 casas, aduciendo motivos medioambientales para intentar justificar su acción. Esto ocurrió pese a existir una orden del Tribunal Superior de detener el proceso para que pudiera examinarse una demanda judicial del pueblo sengwer, según la cual el desalojo contravenía su derecho constitucional al territorio.

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Colmena del pueblo sengwer en el bosque de Embobut. © Amnesty International

El gobierno arguyó que el bosque estaba gravemente degradado —deforestado a gran escala— y que se debía poner fin a todo asentamiento humano. No obstante, hay estudios exhaustivos que demuestran que cuando se hace efectivo el derecho al territorio de las comunidades ancestrales y éstas gestionan sus ecosistemas en colaboración con el gobierno, esos entornos prosperan. Uno de los medios de subsistencia del pueblo sengwer es la apicultura, por ejemplo, que ayuda a propagar las especies autóctonas de árboles y plantas.

El desalojo tiene un efecto devastador en la comunidad sengwer, tal como Amnistía descubrió cuando entrevistó a decenas de hombres y mujeres sengwers que han sido desalojados del bosque o que aún viven en él. Muchas de las personas que se fueron no obtuvieron indemnización y viven en una situación de pobreza extrema: en algunos casos 10 o 15 miembros de una misma familia cohabitan en una única estancia. Algunas mujeres denunciaron que habían sido agredidas sexualmente por sus anfitriones. Amnistía también entrevistó a jefes de estudios de escuelas primarias que denunciaron que los niños y niñas sengwers tenían muchas dificultades en la escuela y que muchos de ellos la abandonan a consecuencia de las condiciones difíciles que viven en su hogar.

Tras escuchar los relatos sobre la vida que les aguarda fuera del bosque —en muchos casos pobreza y alejamiento de sus medios de vida tradicionales—, muchas personas sengwers se negaron a abandonar el bosque y ahora viven en refugios improvisados construidos con corteza de árbol y láminas de plástico porque saben que sus hogares serán destruidos si los guardas forestales los encuentran. Tienen que mantenerse constantemente un paso por delante de los guardas, a fin de evitar que las detengan. Tanto las detenciones como la destrucción de sus refugios infringen la orden del Tribunal Superior.

El gobierno de Kenia afirma que consultó plenamente a la comunidad sengwer y que ésta manifestó estar de acuerdo con abandonar el bosque. Pero como muestra el informe de la consulta, el proceso partía de la premisa de que la gente debía abandonar el bosque y formulaba la preguntaba de cómo lograrlo. Es difícil extraer la conclusión de que en la práctica la comunidad sengwer tuvo voz en la cuestión. El informe también muestra que sólo los hombres —cabeza de familia— tendrían acceso a indemnización.

En la actualidad, el bosque de Embobut se halla bajo protección del gobierno y, como tal, es un área cerrada en la que pueden cometerse violaciones de derechos humanos sin temor a que los periodistas o activistas de derechos humanos lo vean. A Amnistía Internacional sólo se le concedió acceso al bosque con la condición de que sus representantes fueran acompañados por guardas forestales —las mismas personas acusadas por residentes de Embobut de hostigarlos, detenerlos y quemar sus chozas—. En abril, el defensor de los derechos humanos de etnia sengwer Elias Kimaiyo fue disparado y golpeado por un guarda forestal que se incautó de su cámara y su ordenador portátil. Estaba filmando a guardas que quemaban chozas de sengwers.

En un caso que presenta muchas similitudes con el de Embobut, la Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (de la Unión Africana) resolvió en mayo que el gobierno había desalojado ilegalmente al pueblo indígena ogiek del bosque de Mau y no había fundamentado su alegación de que el desalojo serviría para conservar el bosque. El tribunal consideró que el gobierno no había identificado los distintos efectos que las distintas comunidades tenían en el bosque: no había diferenciado entre la comunidad ogiek, por ejemplo, que guarda una relación espiritual con el bosque que se remonta a muchas generaciones, y otros grupos no indígenas llegados en tiempos más recientes. Esto tampoco se hizo en el caso del bosque de Embobut y el pueblo sengwer.

Con esta serie de entradas de blog, Amnistía Internacional celebra el 10º aniversario de la aprobación de la Declaración de las Naciones Unidas. Pero si algo demuestra el caso de Embobut es que aún queda mucho para que los altos ideales de ese documento se hagan realidad, logro que protegería los derechos de los pueblos indígenas y contribuiría fundamentalmente a los fines de conservar el bosque y el futuro de nuestro planeta.

 

Semblanza: Elias Kimayo

Elias
Elias Kimayo, defensor de los derechos humanos que cuestiona los desalojos forzosos de personas sengwers del bosque de Embobut. © Amnesty International.

El pueblo sengwer continúa resistiendo pese al hostigamiento continuo al que lo someten las autoridades kenianas. Muchas personas de etnia sengwer se han negado a abandonar el bosque, por lo que corren peligro de ser detenidos y de que los guardas del Servicio Forestal de Kenia, responsables de llevar a cabo los desalojos, quemen sus viviendas y sus pertenencias.

Elias, hombre sengwer de 37 años y defensor de los derechos humanos, ha sido desalojado más veces de las que puede recordar: 9 sólo entre enero de 2014 y marzo de 2015. Nos dijo: “Los frecuentes desalojos llevados a cabo por los guardias del Servicio Forestal de Kenia ya no nos permiten tener paz para practicar nuestra cultura y nuestra tradición, motivos de orgullo para nosotros, y garantizar la conservación del bosque”. Esto ha tenido un efecto devastador en sus medios de vida y su vida familiar: “No puedo vivir con mis hijos, que están obligados a residir fuera del bosque a causa del impacto de los desalojos. Esto puede provocar asimilación, pérdida cultural y de identidad. [Mis hijos] también echan de menos el amor parental, que es fundamental, y eso podría afectarles en el futuro. [Para mí] es una experiencia traumática y una tortura psicológica cotidiana”.

Pero no va a tirar la toalla. Lleva años documentando los abusos contra los derechos humanos cometidos contra su comunidad, filmando a los guardias del Servicio Forestal de Kenia quemando las casas de su comunidad. En abril de 2017, no obstante, guardas de este servicio lo atraparon y lo hirieron de gravedad: “Estaba haciendo fotos de los guardas del Servicio Forestal de Kenia que estaban quemando casas de la comunidad sengwer en el bosque de Embobut. Conté 29 casas quemadas. Los guardias comenzaron a gritarme. Corrí, pero tropecé y caí, rompiéndome la rótula, y me alcanzaron. Me golpearon con la culata del rifle y me rompieron un brazo. Me sustrajeron dos cámaras y un iPad”. Tuvo que ser hospitalizado, y aún está peleando para pagar las facturas médicas.

Las autoridades están desalojando forzosamente al pueblo sengwer de sus hogares, al parecer con fines de conservación ambiental. Pero la comunidad ha sido en realidad un activo principal para la preservación del bosque: son apicultores y utilizan sus recursos de un modo sostenible. Esto enfada mucho a Elias: “[El conflicto entre el gobierno y la comunidad sengwer] ha provocado la degradación rápida del bosque, la pérdida de recursos y de flora y fauna salvaje —nos dijo—; la única alternativa es que el gobierno confíe en el pueblo sengwer y lo reconozca como custodio del bosque de Embobut. Llevamos siglos cuidando, preservando y protegiendo la fauna y la flora, y usándola de un modo sostenible. Atesoramos un conocimiento indígena basado en leyes consuetudinarias no escritas que, si se valorase, constituirá una solución más barata y duradera al paradigma de la conservación y a este conflicto. En un plazo de entre 5 y 10 años el bosque estará plenamente regenerado”.

 

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